martes, 1 de marzo de 2016

¡Que importantes son!

Es posible que sea debido a la edad, que me hace parar en detalles que antes me pasaban desapercibidos; es posible también, que se deba a experiencias cercanas, en el tiempo y en el alma, en el sentimiento... realmente no se por qué es.

Últimamente me estoy fijando mucho en nuestros mayores, esos abuelos que cada vez están más obligados a compartir la infancia de sus nietos de una forma "antinatural" y forzada.

La situación social y económica del mundo que vivimos obliga a que, en muchos casos, tengan que hacerse cargo de ellos porque sus padres, los que son afortunados, están trabajando. 

Es una verdadera pena que tenga que ser una obligación lo que toda la vida fue una ilusión. Ir a visitar a los abuelos y pasar un rato con ellos, era algo que todos los niños disfrutaban y esperaban durante la semana, algo divertido y que no nos podíamos perder. En mi infancia, si nos castigaban, nos dejaban sin ir a casa de los abuelos el fin de semana. 

Hoy en día, les veo, con sus muchos años y sus muchos achaques, madrugar para ir a buscar a sus nietos y llevarles al colegio; ir a recogerlos, darles la comida, acompañarlos de nuevo a las muchas actividades extraescolares que hoy tienen nuestros pequeños, devolverles a sus casas a última hora del día cuando sus padres han vuelto del trabajo (que afortunados).

Les veo en los parques, en las puertas de los colegios, paseando por la calle, compartiendo sus experiencias con unas "pequeñas personas" que, dejando de lado el vínculo familiar, no tienen absolutamente nada que ver con ellos. Su infancia no tuvo nada, pero nada que ver con la infancia de los niños de hoy en día, de esos nietos que se les encarga atender. 
Ellos vivieron la guerra, la posguerra, en muchos casos el hambre, la época de la dictadura, disciplina estricta... todo tan distinto...

Hoy en día, nuestra sociedad vive contrarreloj,  prisas, madrugones, estrés, todo corre a una velocidad tan vertiginosa que nos va deshumanizando día a día. Somos capaces de pasar al lado de una persona caída en el suelo y no reparar en ella; ya no digo parar a ver si necesita ayuda no, es que, en ocasiones, ni nos damos cuenta de su presencia.

Vemos en los restaurantes y las cafeterías como los niños están sentados con sus padres, pero realmente no están compartiendo nada con ellos. Los mayores hablan de sus cosas de mayores y los niños casi ni hablan, están con sus "máquinas diabólicas" mirando horas y horas a la pantalla sin darse cuenta si quisiera de la presencia de sus padres.

¿A qué nos lleva todo esto? 

Tenemos que darnos cuenta del gran valor que tiene la tarea que desempeñan los abuelos. En cantidad de casos, son los mayores educadores de nuestros hijos. Pero surge un problema ...

¿Están preparados los abuelos para enseñar a esas criaturas lo necesario para enfrentarse a un mundo que ellos mismos no comprenden? ¿Qué tiene que ver la infancia que vivieron esos abuelos con la de sus nietos? ¿Qué pueden aprender de esos ancianos tan "desfasados", "fuera de onda", "arcaicos"...?

Pues la verdad es que pueden aprender un montón de cosas que nuestra sociedad actual no les va a enseñar nunca, entre otras cosas, porque no tiene tiempo.

Para empezar, les van a enseñar una forma de cariño distinta a la que reciben de sus padres, menos rígida, quizá más dulce, más tierna. La relación de los abuelos con los nietos (al menos en mi caso), siempre tenía un toque de complicidad, de colegas con secretos compartidos que nunca se contaban a los padres, compartiendo cosas (pequeñas aventuras) que no se podían comparar a lo vivido con nadie más.

En segundo lugar, y quizá en muchas ocasiones sea por falta de tiempo de sus padres, los abuelos les van a enseñar y educar con unos valores que nuestra sociedad, de otro modo, tendría al borde de la desaparición. Hablo de respeto, de tolerancia, de comprensión al prójimo, de ternura, de cariño, de formas de conducta...

Hoy en día, todo es correr, trepar pisando al vecino o al compañero de trabajo, prisas, prisas y más prisas... nadie sabe en realidad para que, pero es la realidad.

En este punto, son los abuelos los que ponen en nuestros hijos ese toque de humanidad, de pararse y ver las cosas desde otro punto de vista, con algo que casi hay que mirar en el diccionario su significado, con sentimientos, mirando a las personas y no a los fríos datos numéricos ni estadísticos.

Toda esta información y educación añadida que los niños reciben de sus abuelos, siempre fue el complemento ideal para que de mayores sean personas equilibradas, personas que sepan valorar a los demás por lo que son y no por el puesto que tienen en la sociedad, personas que sepan mirar a los ojos y ver los sentimientos del otro... en resumen, personas con letras mayúsculas, de las de verdad, de las de peso, de las que un apretón de manos significa el más serio de los contratos (sin falta de ningún papel).

Y yo me pregunto: ¿Quién mira las necesidades de esos abuelos? 

Los hijos dan por hecho que sus padres son felices ayudando con las necesidades de los nietos, sin importar el sacrificio que eso les suponga...

¿Y que pasa cuando ese abuelo, debido a la edad o a la salud ya delicada, no puede atender a sus nietos? Llegamos al quiz de la cuestión.

Pues que, tristemente, en muchos más casos de los que pensamos, el "inservible" abuelo queda apartado en una residencia (los afortunados) o en casa para que la familia no pierda ningún ingreso de su pensión. 
Sus hijos no tienen tiempo a cuidar de ellos porque tienen que trabajar y trabajar como la sociedad demanda. Los niños pasan a la guardería o a ser cuidados por una asistenta o niñera ya que ellos tienen que seguir trabajando. Y para los abuelos ¿quién mira para los abuelos?

Y yo me digo a mi mismo... si ahora pueden pagar la guardería o la cuidadora en casa, ¿por qué hubo que sacrificar a los abuelos hasta el momento en que "ya no eran útiles"?

¡¡¡POR FAVOR!!! Un poco más de respeto, de humanidad, de cariño, de comprensión, de sentimiento, en definitiva.... ¡DE AMOR A NUESTROS MAYORES!.

Para finalizar, acabo con una pequeña, muy pequeña reflexión, "La sociedad que no respeta a sus mayores, no merece llamarse sociedad" . ¿Acaso hacemos como las manadas de animales en la sabana africana, en la que los animales más ancianos, van quedando atrás, apartados del resto, y muriendo casi en soledad? 

Ahí lo dejo. Que nadie mire hacia otro lado. Todos tenemos que mirar hacia nuestro interior.




martes, 23 de abril de 2013

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A MI PADRE.



Hace ya diecisiete meses que perdí a mi padre. Realmente es muy poco tiempo, pero tengo la extraña sensación de que hace años que no le veo. Y, sin embargo, no hay día que no esté presente en mi vida, que no charle con él, que no le pida consejo sobre cualquier tema que me preocupa, que no piense ¿y qué habría hecho él ante esta determinada situación?


Durante mi infancia, recuerdo que le veía una hora escasa en la comida y más o menos lo mismo en la cena. Trabajaba de sol a sol para levantar su pequeña empresa y buscar el bienestar de la familia. Se dejó literalmente la vida en ello. Su jornada semanal iba desde el lunes muy temprano hasta el domingo a mediodía. Era el momento de la semana que mas compartíamos porque solíamos ir a comer fuera y pasar la tarde juntos visitando a mis abuelos. Que recuerdos..... Nunca tenía tiempo para ir a verme jugar un partido, para ir a ver una obra de teatro del colegio o de la parroquia en la que participara. El siempre tenía que trabajar.


En vacaciones de verano, me llevaba, junto a mi madre y a mi hermano, a un pueblo de León todo el mes de Agosto, pero él se quedaba trabajando toda la semana. Nunca tenía tiempo para vacaciones. Iba el sábado por la tarde a vernos, dormía con nosotros y el domingo, a última hora, se volvía para Gijón. El lunes tenía que estar listo para el trabajo.


Su única afición fue la caza. Siempre buscaba un poco de tiempo, cuando se abría la veda, para ir con su perro a buscar codornices en verano (de paso que nos iba a ver el fin de semana a León), y perdices o liebres en invierno. Muchas veces iba con él y nos lo pasábamos bien juntos. Eran momentos en los que el trabajo quedaba en un segundo término y yo le disfrutaba de otra manera.


Por suerte o por desgracia, soy de esas personas que vivieron a su padre como jefe y como padre.

Empecé desde muy joven a trabajar con él y así estuvimos hasta su jubilación. Fueron años en los que la relación laboral enturbiaba, en muchas ocasiones, la relación padre-hijo.

Es realmente muy difícil separar una faceta de la otra. De hecho, creo que es imposible. Los problemas y complicaciones del día a día laboral, hacían que surgieran intercambios de opinión, puntos de vista distintos, discusiones,..... Todo ello, incidía de forma directa en que, al acabar la jornada de trabajo, no podíamos llegar a casa y disfrutar de otra forma uno del otro.


Era un hombre muy exigente consigo mismo y con los demás. Le costó mucho ir confiando y delegando determinadas cosas, pero los cambios tecnológicos le fueron empujando a ello. Creo que nunca llegó a tocar el teclado de un ordenador, decía que eso ya no era para los de su generación.


El inexorable avance de la edad y de su enfermedad, junto con su jubilación, hicieron que comenzara una nueva etapa en nuestra relación. Se eliminó la parte laboral y empecé a disfrutar de él como 'padre'. En mi surgió una forma nueva de quererle, de sentirle, de compartir. Su enfermedad, rápida e implacable, le iba minando y haciendo más vulnerable. Le iba viendo como su carácter fuerte y dominante se iba tornando en una dependencia total de los demás, sobre todo de mi madre. No sabía dar un paso sin ella, para tomar su medicación, para salir a comprar el periódico, para ir a dar un paseo, para todo. Se iba volviendo como un niño que necesita su guía materna a cada paso que da.


Hace diecisiete meses que se fue. Creo que cada día que pasa mi sentimiento hacía él tiene más cariño, más comprensión, más amor. Se van quedando en el olvido los recuerdos menos agradables y grabándose con más fuerza todos los buenos momentos compartidos.


Para cerrar esta descarga emocional, sólo decir que siento que no le he perdido, ya que, como decía antes, hablo con él todos los días. A mi madre le digo que él no se ha muerto porque vive dentro de nosotros y así seguirá siendo. Mientras estemos en el recuerdo de nuestros seres queridos, familia, amigos.... no habremos muerto.


Como homenaje a él y para que me acompañe siempre, me he hecho un tatuaje donde reflejo lo que más me gusta decirle …..


'GRACIAS PAPA'.

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Creo que no resulta fácil a nadie escribir sobre sus sentimientos y, si además, éstos se refieren a nuestros sufrimientos y angustias, creo que todavía es más difícil.

En este caso, voy a referirme a una circunstancia muy concreta que, por suerte, tiene fecha de caducidad cercana, pero que, cuanto más cercano está ese final, más dura se me está haciendo.

En este mundo, que los especialistas y entendidos llaman de globalización, y que a nosotros nos ha tocado vivir sin posibilidad de escoger, parece que las fronteras de los países son menos fronteras que hace unos años. Los distintos acuerdos y alianzas, muy beneficiosos en algunas ocasiones, también nos permiten meternos en casa de otros, con cualquier pretexto que la comunidad internacional considere legal, a decirles lo que tienen que hacer y, además, cómo y cuando lo tienen que hacer.

Concretamente, me estoy refiriendo a la misión internacional que nuestras fuerzas armadas desarrollan en Afganistán. Es en  este punto del planeta donde se centra mi atención, ya que mi hijo estaba destinado en uno de los puestos de combate de nuestro ejército durante cinco meses. En la actualidad, ya cerrados los puestos de combate, se están encargando de las tareas necesarias para el repliegue, previsto gradualmente hasta el próximo año.

Ya van a cumplirse 6 meses desde un lejano día de Octubre en que se fue y no puedo decir esa frase tan típica de “parece que fue ayer”. En mi caso, más bien tengo la sensación de que hace 6 años o 6 vidas que no le tengo conmigo.

Cuando allá por el verano del 98 me planteó su idea de ser militar de profesión, fui la persona que más le animó y le apoyó para que fuese adelante con su proyecto. Esto me costó luchar contra presiones familiares que me decían que le tenía que quitar al chico esas ideas de la cabeza. No hay antecedentes militares en la familia y la noticia no cayó demasiado bien.

Tengo que decir que, desde que mis hijos tuvieron uso de razón, siempre les inculcamos mi mujer y yo que, en esta vida, hay que luchar y esforzarse por trabajar en algo que nos llene, que nos ilusione y nos apasione. Si el  sueño y la felicidad de mi hijo están vistiendo el uniforme de nuestro ejército, no voy a ser yo quien trate de quitárselo de la cabeza. Bien al contrario, reitero que siempre tendrá todo mi apoyo.

Mi hijo es militar de vocación, de sentimiento, no como otros muchos que están ahí por la crisis, por el paro juvenil, o para obtener la nacionalidad española por un camino más rápido. De cualquier manera, todos y cada uno cuentan con mi mayor respeto y admiración por la gran labor que desempeñan día a día, lejos de sus familiares y seres queridos y en unas condiciones muy duras.

Desde el mismo instante que le di el abrazo de despedida en la terminal del aeropuerto y le vi marchar por la puerta de embarque, parece que algo en mi interior se paralizó, quedando bloqueado por un extraño sentimiento, como una mezcla de alegría al verle tan feliz e ilusionado, un miedo y una angustia al pensar en el peligro real con el que se iban a enfrentar a diario, y una preocupación por como lo iban a afrontar las personas más cercanas a él que quedaban aquí, como son su madre, su hermana, su abuela, su novia… y yo mismo.

Todo ello crea, dentro de mí, unas sensaciones desconocidas y por ello difíciles de afrontar. Aunque a veces trato de negarlo, no puedo dejar de ver las noticias, casi de un modo compulsivo. Necesito saber en todo momento si se ha producido algún acontecimiento que le haya podido afectar. Realmente, vivo con una mezcla de orgullo, pena, miedo, ansiedad, incluso de angustia en los tristes momentos en los que han padecido atentados y bajas de compañeros.

Uno trata de evadirse en el trabajo, en la familia, en los amigos, en los hobbies…. Pero es imposible. Aunque esté trabajando, algo dentro nunca desconecta y no pasa una hora en la que no tenga que mirar en  el móvil las últimas noticias. Si estoy con los amigos es igual, con cualquier pretexto tengo que coger el teléfono para mirar el twitter y ver si hay novedades. Si estoy en casa con la familia viendo una película o un partido más de lo mismo, es inevitable. Es algo que sale de dentro, de forma instintiva, sin control y sin manera de frenarlo.

Sólo espero con verdadera ansiedad que pasen, lo antes posible, los días que faltan hasta su regreso y poder darle un abrazo tan fuerte como el que le di el día de la despedida. Pero estos días son los más duros y difíciles porque, cuanto menos tiempo falta para la vuelta, más larga se hace la espera y la ansiedad va creciendo y creciendo….

Para finalizar una última reflexión. No me quiero imaginar cómo se sienten los padres y familiares de los chicos, compañeros de mi hijo, que van con la misma ilusión que el mío y que la desgracia se ceba con ellos. ¿Como se puede recibir y encajar la noticia del fallecimiento de un hijo, tan joven, con todo en la vida por delante y que, por la fatalidad, nunca más puedas volver a abrazarle y tenerle contigo?. No puedo … Si puedo, pero no quiero pensar en ello.

                                                                                  Andrés Lorenzo - Abril 2013