Interiores
Creo que no resulta fácil a
nadie escribir sobre sus sentimientos y, si además, éstos se refieren a
nuestros sufrimientos y angustias, creo que todavía es más difícil.
En este caso, voy a
referirme a una circunstancia muy concreta que, por suerte, tiene fecha de
caducidad cercana, pero que, cuanto más cercano está ese final, más dura se me
está haciendo.
En este mundo, que los
especialistas y entendidos llaman de globalización, y que a nosotros nos ha
tocado vivir sin posibilidad de escoger, parece que las fronteras de los países
son menos fronteras que hace unos años. Los distintos acuerdos y alianzas, muy
beneficiosos en algunas ocasiones, también nos permiten meternos en casa de
otros, con cualquier pretexto que la comunidad internacional considere legal, a
decirles lo que tienen que hacer y, además, cómo y cuando lo tienen que hacer.
Concretamente, me estoy
refiriendo a la misión internacional que nuestras fuerzas armadas desarrollan
en Afganistán. Es en este punto del
planeta donde se centra mi atención, ya que mi hijo estaba destinado en uno de
los puestos de combate de nuestro ejército durante cinco meses. En la
actualidad, ya cerrados los puestos de combate, se están encargando de las
tareas necesarias para el repliegue, previsto gradualmente hasta el próximo
año.
Ya van a cumplirse 6 meses
desde un lejano día de Octubre en que se fue y no puedo decir esa frase tan
típica de “parece que fue ayer”. En mi caso, más bien tengo la sensación de que
hace 6 años o 6 vidas que no le tengo conmigo.
Cuando allá por el verano
del 98 me planteó su idea de ser militar de profesión, fui la persona que más
le animó y le apoyó para que fuese adelante con su proyecto. Esto me costó
luchar contra presiones familiares que me decían que le tenía que quitar al
chico esas ideas de la cabeza. No hay antecedentes militares en la familia y la
noticia no cayó demasiado bien.
Tengo que decir que, desde
que mis hijos tuvieron uso de razón, siempre les inculcamos mi mujer y yo que,
en esta vida, hay que luchar y esforzarse por trabajar en algo que nos llene,
que nos ilusione y nos apasione. Si el
sueño y la felicidad de mi hijo están vistiendo el uniforme de nuestro
ejército, no voy a ser yo quien trate de quitárselo de la cabeza. Bien al
contrario, reitero que siempre tendrá todo mi apoyo.
Mi hijo es militar de
vocación, de sentimiento, no como otros muchos que están ahí por la crisis, por
el paro juvenil, o para obtener la nacionalidad española por un camino más rápido.
De cualquier manera, todos y cada uno cuentan con mi mayor respeto y admiración
por la gran labor que desempeñan día a día, lejos de sus familiares y seres
queridos y en unas condiciones muy duras.
Desde el mismo instante que
le di el abrazo de despedida en la terminal del aeropuerto y le vi marchar por
la puerta de embarque, parece que algo en mi interior se paralizó, quedando
bloqueado por un extraño sentimiento, como una mezcla de alegría al verle tan
feliz e ilusionado, un miedo y una angustia al pensar en el peligro real con el
que se iban a enfrentar a diario, y una preocupación por como lo iban a
afrontar las personas más cercanas a él que quedaban aquí, como son su madre,
su hermana, su abuela, su novia… y yo mismo.
Todo ello crea, dentro de mí,
unas sensaciones desconocidas y por ello difíciles de afrontar. Aunque a veces
trato de negarlo, no puedo dejar de ver las noticias, casi de un modo
compulsivo. Necesito saber en todo momento si se ha producido algún
acontecimiento que le haya podido afectar. Realmente, vivo con una mezcla de
orgullo, pena, miedo, ansiedad, incluso de angustia en los tristes momentos en
los que han padecido atentados y bajas de compañeros.
Uno trata de evadirse en el
trabajo, en la familia, en los amigos, en los hobbies…. Pero es imposible.
Aunque esté trabajando, algo dentro nunca desconecta y no pasa una hora en la
que no tenga que mirar en el móvil las
últimas noticias. Si estoy con los amigos es igual, con cualquier pretexto
tengo que coger el teléfono para mirar el twitter y ver si hay novedades. Si
estoy en casa con la familia viendo una película o un partido más de lo mismo,
es inevitable. Es algo que sale de dentro, de forma instintiva, sin control y
sin manera de frenarlo.
Sólo espero con verdadera ansiedad
que pasen, lo antes posible, los días que faltan hasta su regreso y poder darle
un abrazo tan fuerte como el que le di el día de la despedida. Pero estos días
son los más duros y difíciles porque, cuanto menos tiempo falta para la vuelta,
más larga se hace la espera y la ansiedad va creciendo y creciendo….
Para finalizar una última
reflexión. No me quiero imaginar cómo se sienten los padres y familiares de los
chicos, compañeros de mi hijo, que van con la misma ilusión que el mío y que la
desgracia se ceba con ellos. ¿Como se puede recibir y encajar la noticia del
fallecimiento de un hijo, tan joven, con todo en la vida por delante y que, por
la fatalidad, nunca más puedas volver a abrazarle y tenerle contigo?. No puedo
… Si puedo, pero no quiero pensar en ello.
Andrés
Lorenzo - Abril 2013


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